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Yangon, qué ver y hacer en una ciudad de encanto decadente

15 septiembre, 2015
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Kuala Lumpur recuerda estos días a Gotham y da la sensación de ser una ciudad más peligrosa de lo que realmente es. Una densa niebla lo cubre todo y los rascacielos se difuminan con apenas unas manzanas. Indonesia tiene la culpa del aumento de mascarillas en la calle y de una temperatura que arde. Su anual quema de campos de palma -para el aceite- y un caprichoso viento provocan que año tras año Malasia sea invadida por un manto de ceniza.

Este efecto no sé si climático, pero sí inquietante me ha recordado a la sensación que me provocó Yangon -o Rangún- nada más aterrizar en ella. Allí, en la principal ciudad de Myanmar, no había niebla, pero si una sensación de decadencia y caos. Y mucha suciedad.

Debo reconocer que Yangon me inquietó bastante. No el primer día porque estuve acompañada y el surrealismo se apoderó de la noche. Pero sí al día siguiente. Recuerdo hablar con mi hermano y decirle que me daba miedo salir sola por la noche. Y también recuerdo como ese segundo día ya estaba cenada y descansando en el hostel a las 20h. La sensación de peligro, obviamente, se esfumó tan rápido como empecé a cogerle el pulso a una ciudad que acaba por ser especial sin ser nada del otro mundo.

Mi visita a Yangon -sí, La Nomadista vuelve a Myanmar- se dividió en dos partes. Una visita al sur dividió en dos esos días en los que la lluvia complicó el perderse sin rumbo por una ciudad de casi cinco millones de habitantes y un tráfico terrible. No tanto como el de Bangkok, pero casi. Ya he dicho que Yangon es sucia. Sucia por sus calles llenas de basura, especialmente en la zona del mercado chino. Pero también por sus edificios de estilo británico en los que la mugre se acumula y apenas deja ver los colores los que antaño debían iluminar las calles.

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La luz es otro de los principales handicaps de Rangún. De noche faltan farolas que reduzcan los rincones poco visibles, aunque a veces se agradece cierta sombra para no ver a algunos de sus habitantes nocturnos. Sé que de momento no os pinto nada bien la ciudad y, mucho menos, cuando destaque a las enormes ratas entre estos últimos habitantes. Son comunes en el camino de vuelta de Chinatown. Salen en busca de los restos que los vendedores dejan en plena calle. El civismo, en este aspecto, brilla por su ausencia en un país que no respeta el medioambiente. O no según nuestros estándares.

Pero pese a la suciedad, la falta de luz y el caos urbano, uno no puede ir a Myanmar y no pasar por Rangún. Estoy segura de que cumple con todos los requisitos de esas ciudades asiáticas que todos imaginamos en nuestra cabeza. Un estilo Blade Runner pero en el presente. Supongo que Bangkok era así no hace tanto. De hecho, sigue siendo un poco así hoy en día. La diferencia, que en Yangon una no encuentra ni Seven Eleven ni restaurantes occidentales. Tal vez un par, pero nada de franquicias. Y eso mola. La hace auténtica.

Mi recomendación principal a la hora de visitar Rangún es que abandonéis todos vuestros prejuicios en la estación de autobuses o en el aeropuerto. Y, en caso de llegar por carretera, no desesperéis al descubrir que la estación de buses está a casi una hora de distancia. Manías birmanas sobre las que diría que ya os hablé. Eso de llegar al centro de la ciudad no lo ven claro. Una vez con la mente liberada y abierta, buscad alojamiento en la zona más céntrica. Es decir, cerca de Sule Pagoda y de la 19th, lugar por excelencia para la hora de la cena.

Son muchos los hostels de precio económico, incluso más que en otros lugares del país. A más oferta, mejores precios. Yo opté por el Chang Myaye Guesthouse, algo más caro que la media de los hostels, pero realmente bueno para tratarse, en mi caso, de un dormitorio. Cama y desayuno costaban 12 dólares, pero merecía la pena. Además de por un personal muy atento que te ayudaba con el equipaje -había que subir cuatro plantas-, por los copiosos platos que te servían de buena mañana -arroz frito o una especie de sandwich de banana eran las opciones más fruta y café- y la privacidad de unas habitaciones enormes en las que cada uno contaba con cortina, aire acondicionado y escritorio.

No había demasiada gente por ser época de fuertes lluvias y todavía se estaba mejor. Eso sí, manía la de los humanos de situarse siempre cerca de otro. Pasa en la playa con la típica familia que se planta a dos centímetros de tu toalla cuando tienen media playa desierta y también en los hostels. ¡Cansinos que somos! Curiosidades al margen, la ubicación del Chang Myaye es, además perfecta. A diez minutos de la citada 19th y a 20 minutos andando de la principal atracción de la ciudad, la espectacular Shwedagon Pagoda.

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Te recomiendan coger un taxi para llegar a ella, pero mi segunda recomendación es que vayáis andando. Es una manera de ver la ciudad menos turística – no os perdáis la selvática estación de trenes-, de estirar las piernas y, sobretodo, de ahorraros unos dinerillos ya que la Shwedagon Pagoda es tan excesiva e impresionante como cara para los precios de Myanar. La entrada cuesta ocho dólares, pero por más presupuesto apretado que se lleve o por más harto que se esté de pagodas si como yo dejáis Yangon para el final, no puede no verse el principal lugar de culto del país.

Nunca podré entender la necesidad de recargar y recargar las pagodas, los templos o las iglesias. Da igual la religión, es manía compartida por todas ellas. ¿No deberían ser austeras? ¿No es eso lo que pregonan? Esta reflexión daría para un post que está ya en mi mente, pero viene al caso ahora para deciros que pocos lugares de culto tan exhuberantes como la Shwedagon Pagoda. Si os sobra algo de dinero contratad un guía es una buena opción para no quedarse solo en la superficie del recinto. Yo no lo hice, pero me enganché disimuladamente a un par de guías que hablaban español para saber alguna cosa más de esta enorme pagoda dorada y los templos que la rodean.

Una curiosidad, los ascensores. Hay accesos a la Shwedagon Pagoda que requieren de ascensores para llegar. Una sensación rara la de acceder a un lugar de culto a través de ascensores acristalados. ¿Dónde queda la penitencia de sudar la gota gorda subiendo escaleras? Junto a la Shwedagon se encuentra un parque de lago caminos imposibles y un lago enorme que merece la pena visitar. No por tener algo especial, pero sí por echar una mirada indiscreta a las parejas de jóvenes que se refugian allí para tener cierta intimidad. ¡Son muy entrañables! Eso sí, si tenéis que encontraros con gente en el parque id con cuidado con las entradas. Yo tenía que ver allí a los chicos que había conocido unos días antes en Hpa-An y solo un milagro, no sé si de Budha por cercanía, hizo que nos encontráramos cuando ellos y yo habíamos desistido.

La línea circular de tren es otra buena opción para descubrir los suburbios de Yangon sin bajarse del tren. También para interactuar con los locales. No perdáis tiempo en el mercado central, no merece la pena ya que no es un mercado. Son simples paradas de souvenirs, joyas y demás bajo un techo común. Dedicad el tiempo a caminar por las calles que van de la 10 a la 50 y descubriréis pequeñas chabolas y pagodas ocultas. Y niños y ancianos buscando sonrisas. Nada  más.

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El cruce de oraciones es un momento álgido del día o, por lo menos, para mí. Hacia las 20h y cerca de Sule Pagoda se juntan la llamada al rezo de la mezquita con las oraciones de los monjes budistas. Ambas ampliadas por altavoces callejeros que completan esa sensación de fin del mundo que transmite la ciudad. Después de esos momentos de ‘gallina de piel’ como diría Johan Cruyff, lo mejor es dirigirse a la famosa calle 19. ¿Por qué es tan especial esa calle? Por sus barbacoas chinas.

La calle no es excesivamente larga, pero a un lado y otro se encuentran concentrados la mitad de restaurantes chinos de la ciudad. Es una exageración, claro, pero son muchos los restaurantes y todos, más o menos, con la misma oferta. Pescado a la brasa que está realmente delicioso y brochetas de todo tipo -las de tofú son mis favoritas- que uno escoge personalmente para que luego ellos te las cocinen y traigan a la mesa. Las cenas suben un poco, pero nada excesivo -estamos hablando de 5 euros cuando normalmente se cenaba por 1 o 2- y están realmente ricas.

Cené allí todas las noches que estuve en Yangon tras conocer ese rincón gracias a Kalwant, la amiga malaya con la que voy a pasar los próximos días. Aunque si un lugar os recomiendo para deleitaros con los mejores noodles de vuestras vidas es el 999 Shan Noodles House. Si las cenas fueron para las barbacoas chinas, las comidas para estos noodles tan deliciosos como baratos. No falté ningún mediodía a mi cita -ayudaba que estuviera a una calle de mi hostel- y, lo mejor, nunca repetí plato. Llevé allí a mis amigos de Hpa-An y apostaría a que ellos también repitieron cuando me marché. Ahora que he pasado por Tailandia y estoy en Malasia creo poder decir que, de momento, estos noodles ocupan un puesto bastante alto en el ranking gastronómico de este viaje y eso, señores y señoras, son palabras mayores.

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Ah, el calor es tan elevado en Yangon que ir al cine es siempre una buena opción ya que las películas están en inglés y casi todas sin subtítulos. Algo que todavía no logro entender con el poco inglés que se habla en Myanmar. Eso sí, no esperéis salas en silencio. Y los mojitos o piñas coladas a 60 o 70 céntimos de euro que podéis encontrar en la misma 19th hasta las 24 horas. El alcohol, como es de suponer, no es el mejor del mundo. Vamos, que es garrafón, pero si no se abusa sale bastante bien de precio echarse unas risas con amigos o con simples desconocidos que pronto dejan de serlo.

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