Consejos

Un año después…

8 julio, 2016
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Hoy se cumple un año de ese día en el que me subí a un avión rumbo a Myanmar decidida a cambiar mi vida. Un año, 365 días, en los que no me he arrepentido ni un solo momento de aquella decisión por más que los resultados a día de hoy no sean los dibujados antes, pero sobretodo durante un viaje de casi seis meses por el sudeste asiático.

Sí, no todo es maravilloso cuando decides salirte de la rueda y buscar tu propio camino. No se trata de un artículo pesimista, pero sí realista de un año sabático que ha tenido de todo. Muchas luces, pero también demasiadas sombras. Pero aun así, repito, ningún arrepentimiento. No es fácil dejar la (falsa) seguridad de una rutina y un salario y no solo por lo mal que está hoy en día la cosa, que dirían muchos. Es evidente que la crisis y el miedo no ayudan a construir un proyecto de vida autónomo, pero lo más difícil, como siempre, está dentro de una misma.

No hay peor miedo que el que le impide a una hacer lo que más le gusta. O, peor, que el que le hace dudar de lo que le gusta. Hace demasiado tiempo que no me pasaba por aquí, ¿verdad? El mismo que llevo sin ser capaz de escribir nada o de ocuparme de mí misma. Volver a Barcelona con esa sensación de que era demasiado pronto no ayudó, lo reconozco. Aterrizar de nuevo tras meses de plena libertad y experiencias a flor de piel fue difícil de asimilar. Estaba feliz de ver a los míos, de estar de vuelta en mi ciudad favorita y de empezar a mover las ideas que tantas noches me habían desvelado en Malasia. Esa euforia inicial fue rebajándose con el paso de los días y el miedo a tener que seguir con el plan trazado fue calando.

Un proceso, curiosamente, inverso al experimentado en el viaje. Atenazada al inicio, no fue hasta el final cuando la euforia llegó. En Barcelona sucedió al revés. Todo lo aprendido durante los meses de aventura se topó con todas esas creencias e historias que cada una de nosotras va acumulando con el paso del tiempo. Muchas de ellas se habían quedado en casa, esperando, aunque algunas se habían empeñado en subirse conmigo al avión. No podemos huir de nosotros mismos. De los demás, tal vez, pero nunca de nosotros. Podemos ignorarnos un tiempo e incluso transformarnos, pero no huir de nuestra esencia. Y con parte de esa esencia, la más concentrada, me choqué de frente.

Dar los primeros pasos hacia nuestros sueños es relativamente fácil. O, por lo menos, lo fue en mi caso. Subirse a un avión para descubrir uno de mis rincones favoritos del mundo no fue algo excesivamente complicado. Sabía que me iba a gustar la experiencia y que iba a ser capaz. Me asustaba más la opción de no querer volver. Pero regresar y aquí, sin estar de viaje, ya es otra cosa. Buscarte la vida, no desanimarte y confiar en ti no resulta tan fácil. O no para mí, las dudas, la inseguridad… difíciles amigas con las que lidiar en un escenario en el que todo o casi todo está por hacer.

¿Y qué hice? Aferrarme a una puerta de esas que una es incapaz de cerrar porque simplemente no quiere hacerlo. Y sobre las bases de esa puerta -a veces maravillosa hasta rabiar y otras rabiosamente dolorosa- empecé a (de)construirme. Sin darme cuenta empecé a buscar, de nuevo, seguridad y estabilidad en un lugar en el que nunca las había encontrado… La culpa, por supuesto, no es solo de esa puerta que ni acaba de encajar ni de cerrarse. También mía -si es que existen culpables e inocentes- no por seguir intentándolo, sino por hacerlo apostándolo todo al rojo sin precauciones ni reservas. Utilizándolo también como excusa para no centrarme en cosas que sí dependían de mí al 100% por miedo a no ser capaz y a decepcionar.

Trampas mentales en las que me considero casi tan experta como en viajar en solitario. Y así, las semanas y los meses han volado sin apenas darme cuenta tan dedicada en cuerpo y alma que he estado a empezar la casa por el tejado. Vamos, una combinación destinada a perder a la ruleta. Y hablo de derrotas personales, no de finales o cosas que no van como una espera porque si algo he aprendido en todo este tiempo es que ningún final es definitivo por sí mismo ni ningún principio, garantía de nada. Los finales lo son hasta que se convierten en nuevos inicios o, incluso, en inicios ya vividos. Todo puede cambiar en cuestión de segundos o días, así que no son estas las derrotas importantes.

Las que importan son esas que te derrotan valores y esperanzas, esas que te hacen dudar de lo que quieres, de lo que te gusta y de lo que eres capaz de hacer. Las que cambian tu independencia por una dependencia hacia otros, pero también hacia cosas materiales, empresas o incluso ideas. Esas derrotas solo te pertenecen a ti puesto que depende de una misma saber establecer límites y no dejar que los resultados de tus apuestas se lleven algo más que la ilusión o un pedacito de alegría. No es fácil mantenerse firme cuando toca construir desde cero. Se requiere mucha fuerza de voluntad y confianza en lo que se está haciendo y reconozco que no me ha resultado fácil. Lo digo cuando me cuesta horrores ponerme a escribir o a hacer cualquier otra cosa.

Perderse, que no perder, es un marrón. Así de claro. Pero solo es eso, un marrón que incomoda porque te remueve por dentro. Un marrón temporal con forma laberíntica. Lo importante, en estas situaciones, es no dejar de moverse. Seguir caminando, obligándose a veces, otras simplemente parando y observando lo que te rodea. Las ilusiones siguen ahí, solo que disfrazadas. Y los sueños. Esos que puedes compartir, pero que solo son tuyos y que, por tanto, no debes dejar en manos de nadie. No se trata de ser egoísta, simplemente de construir una base propia de la que puedan participar, después, quiénes tú quieras: familia, amigos, pareja… Y no al revés. O sí, pero entonces igual, como me ha pasado a mi, acabas sin saber muy bien cómo has vuelto a la casilla de salida más “pobre y más cansada que antes”, como diría Izal en su canción Hacia el norte

Te sientes mal por ello y también algo avergonzada. ¿Es un fracaso? ¡No! Solo un momento de dificultad por el que tenemos derecho a pasar. Emprender, ser valiente y arriesgar en todos los ámbitos de la vida conlleva peligros. Peligros y riesgos que asumimos de manera inconsciente cuando piensas que todo va a ir bien y que luego suponen un guantazo de esos de mano abierta cuando se convierten en realidad. Pero no por ello, por esos tortazos que atontan un tiempo, hay que dejar de intentarlo. No lo hagáis. De eso y no de los supuestos fracasos sí que os arrepentiréis en el futuro. Así que seguid creyendo que sí se puede, aunque sea luchando contra la desgana. El movimiento genera movimiento y empezarán a pasar cosas. Y si no, ¡podéis enviarme vuestra queja!

De momento, me comprometo a ir contando por aquí todo lo que me va sucediendo en este reinicio por si a alguien le puede servir o algún día os encontráis en una situación similar. Hay pequeños grandes proyectos de los que toca ocuparse. Y un viaje a Nicaragua del que os iré explicando cositas, como siempre, mientras mi mente y cuerpo van asimilando que, a veces, las cosas no suceden ni cómo ni cuándo queremos. Los momentos no siempre coinciden, pero eso no quiere decir que no puedan acabar por coincidir algún día cual piezas de puzzle destinadas a encajar o generando nuevos e inesperados escenarios. Confío en ello, soy de las que creen que las cosas acaban saliendo, pero mientras eso va sucediendo, trabajemos por hacer que los momentos sí coincidan con nuestros sueños. Todo lo demás llegará. Sea lo que sea para cada una de vosotras ese todo lo demás.

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