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Surfeando el cielo de Australia

29 junio, 2015
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Cada uno de los grandes viajes ha tenido su locura. Marca de la casa. En Tailandia fue el inconsciente salto al vacío desde 50 metros de altura. Inconsciente porque, después de ver las diferencias en la seguridad de allí y de aquí, fuimos unas auténticas kamizakes. En Vietnam lo fue subirse a un autobús nocturno con una especie de ataúdes por camas y bajo el intenso monzón y en Indonesia, dejémoslo en una persecución made in Hollywood tras una noche algo ‘ilegal’. Australia no podía ser menos. Es más, la locura tenía que estar a la altura del viaje.

Así que valiente de mí, esta mañana a las 6.30 tenía una cita con mi ración diaria de muesli antes de subirme al minibús que tenía que llevarme hacia una manera de bucear un tanto peculiar. No sé ni en qué momento ni cómo me dejé llevar por esos impulsos incontrolados y por la necesidad de descargar toda la tensión acumulada, pero ya no había vuelta atrás. Sentada en ese vehículo empecé a sentir el peso de los nervios… luego llegó el turno de los formularios en los que asumes el riesgo y toda responsabilidad sobre tus actos, las báscula, el tutorial con su posición banana, las rodillas recogidas y bla,bla,bla. Luego las presentaciones. Ryan iba a ser mi particular ángel de la guarda y sin darte cuenta, tu nombre, sí, Laura Ramos, suena en recepción. Afortunada, vas en el primer grupo… toca abrir el fuego de un día que había amanecido entre tormentas…

Una avioneta minúscula, de las que aparecen en las películas antiguas, 15 personas apelotonadas en ella, algunas sonrisas –algo forzadas, todo sea dicho– ante cámara y una sensación en el estómago que se expande hasta las piernas y las mandíbulas. Tiemblas mientras te van diciendo que todavía nos queda un ‘long, long way’ hasta nuestro lugar. Y tú miras hacia abajo, ves los coches minúsculos; después ya no los ves; empiezas a traspasar nubes y te planteas si no será un buen momento para empezar a rezar. ¡Mierda! Aunque quisiera hacerlo, no podría. No recuerdo ni el Padre Nuestro que estás en los cielos… en los cielos, ¡ja, por aquí no hay ni dios!

Y así, entre pensamientos en plan “no, ahora no te puedes rajar y volver con la avioneta, demasiado tarde”, una corriente de aire inesperada te advierte de que es el momento. Gafas en su sitio, último saludo a la cámara y “cabesa trás, knees, banana –que consiste en echar las rodillas para atrás y arquear el cuerpo– y ¡here we go! La tierra a tus pies y algo más de 4.000 metros por recorrer en 4 o 5 minutos. Not bad.

Sí, efectivamente. Me he tirado en paracaídas… verás cuando se lo diga a mi madre en un rato… un día de estos, le da algo. Y a mí porque no es algo fácil ni cómodo. De hecho, lo mejor es el momento en el que te dejas caer del avión y das un par de volteretas. Es una sensación diferente, de ligereza que acaba bruscamente cuando te recolocas para esos 60 segundos de caída libre en los que el aire te congela y te seca la boca de tal manera que ríete tú de algunos despertares. Casi imposible emitir sonido alguno. Imagino que en el vídeo se me verá gesticular, pero difícilmente se me escuchará. Por no decir que levantar la cabeza y moverla hacia la izquierda para saludar a cámara era complicado no, lo siguiente. En cuanto no te dabas cuenta, toda tu cara empezaba a agitarse al estilo Usain Bolt cuando corre los 100 metros. Vamos, que bonita, lo que se dice bonita seguro que no he quedado en el DVD. De hecho, lo más probable es que parezca un poco tonta y todo…

Y, de repente, el paracaídas se abre, sales despedida hacia arriba y el océano y las pequeñas islas que se encuentran cerca de Mission Beach aparecen ante tus ojos tras traspasar la barrera de las nubes. Y disfrutas de las vistas. Y te dejas llevar. Y hasta diriges unos instantes el paracaídas bajo las indicaciones del instructor Ryan. Te mareas un poco cuando las cabriolas son más bruscas y sonríes al sol. Y encoges las rodillas, pero estiras las piernas para evitar la lesión más tonta de todas: romperte el tobillo cayendo de pie. Sería un poco de ‘losers’ hacerse daño de esa manera después de saltar desde 14.000 pies de altura, ¿no?

Mission beach

Algún saludo más a la cámara. Besos. Abrazos y ya está. Lo has hecho y el cuerpo, algo dolorido en las piernas por la presión de los arneses –no dejas de ir colgado–, se relaja. No hay tensión. Y piensas, ¿y ahora qué? Tendré que pensar en algo para el próximo viaje. Se admiten sugerencias… ¡qué rápido se escurre el tiempo y que volátiles son las sensaciones!

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