Destinos

Primera parada en Bali: Denpasar y su jungla de asfalto

22 junio, 2015
Ubud-Ofrenda diaria

Denpasar, fea y caótica, es la encargada de dar la bienvenida a los miles de visitantes que recibe Bali anualmente. La capital de la isla poco puede ofrecer a los turistas más allá de edificios que podrías encontrar en cualquier ciudad del mundo, es decir, sin gracia alguna y atascos monumentales. Un rasgo común en una zona en la que parece obligado que coches, motos y peatones sin voz ni voto se enreden en calles mal asfaltadas mientras histéricas e histriónicas bocinas ponen banda sonora a la auténtica jungla urbanita. Si no tardas una hora en recorrer una distancia que en condiciones normales se haría en un cuarto de hora es que te has equivocado de lugar.

Tomarse con calma el salir del aeropuerto y atravesar la indiferente Denpasar y la ‘neonizada’ Kuta es un primer contacto obligado que nunca debe convertirse en la primera impresión. Aunque reconozco que cuesta no hacerlo. Tras diecisiete horas de viaje y algunas más de espera en Barcelona, Amsterdam y Singapur y unos cuantos kilos a la espalda (unos once oficialmente en la mochila grande y alguno más en la pequeña) puede llegar a estresar incluso cuando te vienen a buscar con el típico cartel con tu nombre. Algo, por otra parte, que no deja de generarme una sensación rara. Me choca ver mi nombre escrito tan lejos de mi mundo.

Sortear taxistas ilegales suele ser el primero de los obstáculos. Después vienen los grupos de japoneses que ocupan parte del camino hacia la zona en la que los taxis te recogen o los conductores dejan sus vehículos. Alguna maleta que se cae de los carritos que tú no has sido capaz de encontrar y, de golpe, la nada. Con un gesto que interpretas como un ‘ahora vuelvo, espera aquí’ te encuentras sola junto a otra chica que viaja hacia tu mismo hotel en medio de un mar de gente aglutinada en escasos 50 metros y todos con el mismo objetivo: tratar de identificar al conductor que acaba de dejarte para buscar el coche y una vez localizado, saltar lo más rápido posible al vehículo que tiene el detalle de recibirte con el maletero abierto para agilizar el trámite.

La presión es alta. Se trata de dos filas repletas de coches muy similares (el riesgo de confusión añade dificultad) que apenas se detienen unos segundos para agilizar la salida de turistas. Una vez en el vehículo sonríes orgullosa del éxito de la misión pensando que ya todo pasó, pero no. Ahora empieza lo divertido. Bocinazos, volantazos y un par de ‘hay madre, ¿qué no ve que no pasa por ahí? Ya adelantaremos a las motos en otro momento que vienen coches de frente y nos los comeremos’ con los ojos cerrados, por supuesto, y sin convertirlos en palabras porque piensas que menuda estás hecha si te pones así a los cinco minutos de empezar un viaje en solitario. ‘¿Si te pones así, qué harás ante los problemas que puedan surgir?’ te dices mientras abres los ojos y recuerdas que ellos controlan su caos y que nunca antes te ha pasado nada ni en Tailandia ni Vietnam, que son primos hermanos. Así que sonríes, lamentas la falta de cinturones en la parte de atrás y miras por la ventana demostrando que eres una valiente.

Ubud-no problem

Poco a poco se despiertan los sentidos y te das cuenta de que en Indonesia ¡conducen por la izquierda! Inmediatamente queda descartada la opción de debutar al manillar de una moto. Pese a que el archipiélago nunca fue colonia británica, los indonesios imitan a los miembros de la corona ya sea por la proximidad de Australia o por la influencia de la India por eso de que comparten religión. Ni ellos mismos saben explicarlo cuando se les pregunta. Aunque si un detalle me sorprendió y desoló por igual fue el hecho de que comen con cubiertos como nosotros. Ni rastro de los palillos y adiós a pasar de nivel en mis habilidades palillísticas. Tenedor y cuchara siempre, que no unos cuchillos con los que diría que nunca comí en Indonesia. Aunque la verdad es que ellos, en su mayoría, tampoco usan cubiertos: comen con las manos.

Pequeños detalles a los que una se acostumbra y se adapta incluso cuando parece impensable como el ducharse con agua fría. Pocos hoteles en la isla y alrededores ofrecen agua caliente en las habitaciones. Lo habitual es agua bien fría que se lleva de maravilla si te duchas nada más llegar de la playa y a una hora en la que el sol todavía no se ha escondido, pero que a partir de las siete o así se lleva peor pese al calor que hace en el país. Algunos te cobran un suplemento o reservan el lujo para las mejores y más caras habitaciones. Otros, sin embargo, ni se plantean la opción. En Ubud, por suerte, el Nirvana sí que tenía. Fueron los únicos días de calor bajo la ducha; el resto, no. Una medida de ahorro considerable. La duchas ‘volaban’.

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