Estilo nómada

Mi casa no es una bandera

5 octubre, 2017
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Se me acumulan los post sobre Oporto, el valle del Duero o Narbona. Permitidme, sin embargo, que sigan acumulándose unos días más y cambie el viajar por ahí y descubrir nuevos lugares por un tema como la política. Apasionante cuando el debate es sano y crítico, pero sumamente triste y preocupante cuando no lo es como sucede estos días en Catalunya y España. Llevo días con un nudo en la garganta y las lágrimas a flor de piel.

Hoy, por fin, he logrado visitar la casilla de la alegría y me he reencontrado con la sonrisa tontorrona. Me ha servido para sacarme de encima la pesadumbre y me ha hecho recordar lo realmente importante y, sobretodo, el motivo por el que me sitúo en ese tan mal visto grupo de los equidistantes. Y no, precisamente, por tibieza o falta de compromiso. Voté el domingo y lo hice movida por las imágenes que comencé a ver nada más levantarme. Estaba sola en casa y lloré. Lloré de pena y rabia y salí a expresarme en contra de los que usan la violencia contra las ideas. Ya está. No quiero que nadie me de las gracias por ello. No soy mejor por haber salido a votar que los que, por motivos que nadie sabe o nadie quiere saber, optaron por quedarse en casa. Voté, pero no me sumo a ninguna causa. No por no mojarme, simplemente porque no la siento mía. Lo he intentado, pero los nacionalismos me repelen. Cualquiera de ellos.

Amo Barcelona. Me siento afortunada y orgullosa de ser de aquí. Presumo de ciudad en cualquier lugar del mundo y, por más viajes que realice, ella siempre es la ciudad más bonita. Si alguien me pregunta de dónde soy, mi respuesta es siempre la misma: Barcelona. Ni Catalunya ni España. Pero si algo me han enseñado tantos viajes en solitario por el mundo es que Barcelona es mi casa, sí, pero no la única que podría tener. Y no voy a venir ahora con la milonga de que mi casa es el mundo. No. Hay lugares que no lo podrían ser nunca. Pero viajando si que he llegado a sitios en los que he sentido que estaba en casa. Sensaciones difíciles de explicar, conexiones extrañas e inesperados sentimiento de pertenencia que me reafirman en la creencia de que el lugar de nacimiento no hace a las personas. No somos mejores ni peores por ser de un lugar o de otro ya que me parece una cuestión totalmente aleatoria. Soy de Barcelona como podría ser de Lima o de Kuala Lumpur.

Mi mente se colapsa, y con ella mi cuerpo, cuando veo a los unos y a los otros peleando por una bandera y por ver cuál es la mejor de ellas. Me entristece ver que no hemos aprendido nada de nuestra historia repitiendo los errores que muchos otros ya cometieron por un trozo de tela que nunca ha traído nada bueno. Lo mismo sucede con las religiones. La humanidad ha cometido y comete las mayores atrocidades en nombre de dos símbolos que solo benefician y pertenecen a unos pocos. Los que nunca salen escaldados de los conflictos. Precisamente por eso tengo claro que nunca pelearé por ellas. Nos llevamos las manos a la cabeza cuando vemos que alguien luchar por un Dios que cree mejor que el de los demás, pero salimos a la calle creyendo que nuestro país, el que sea, es mejor que el de otro. Ni creo ni milito.

Se me rompe el alma viendo la brutalidad policial contra personas que tan solo querían opinar, pero también por la ineptitud y ceguera que nos han llevado a la actual situación. Por eso sí pelearé y gritaré todo lo que haga falta. Por la libertad. Por poder expresar libremente cualquier idea aunque no sean las mías. Pero no deberíamos olvidar que todos mienten, manipulan y llevan a la gente ha situaciones que solo se aceptan y entienden bajo el fervor nacionalista. No es cuestión de quién es mejor, sino de ser todos mejores, en general. Empatizar, escuchar, comprender y respetar. No tengo claro si seremos mejores juntos o separados, pero sí que ni los que mandan en Madrid ni en Barcelona están por la labor de mejorar y mejorarnos desde hace años.

Soy independentista, pero de las personas. Quiero personas independientes por ellas mismas y no mediante ninguna bandera. Personas con la independencia educativa, cultural y económica suficiente para tener una vida decente y libre. Personas que puedan vivir bien y pensar por ellas mismas sin recurrir a sentimientos patrióticos que las refuercen. No creo que sea tan difícil. Simplemente no interesa. Prefieren entretenernos con las banderitas y los agravios históricos mientras ellos hacen y deshacen. Y nosotros nos dejamos ir. Resulta mucho más fácil y cómodo que cuestionárselo todo. Yo lo prefiero, pero no juzgo. Simplemente que esa no es mi lucha ni mi opción vital y pido que se me respete. Estos días he llegado a plantearme si había algo raro en mí por no identificarme. Para ambos soy peor que el demonio. Peor incluso que su enemigo. Conmigo o contra mí. En los últimos años de mi vida he luchando contra la gente gris, pero no contra los matices grises. No todo es blanco o negro en la vida. Yo tengo bastante claro desde hace años los que me gustan menos, pero eso no me hace sumarme a la causa de sus rivales.

Siempre denunciaré y me movilizaré por la libertad, las injusticias y los abusos sociales, pero no patrióticos. No tiene sentido si yo lo único que quiero es colgarme la mochila a la espalda y seguir descubriendo lugares que sean casa. Acompañada. Sola. Da igual, pero descubrirlos.

 

 

 

 

 

 

 

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