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El atípico verano de 2017

27 junio, 2017
Playa de Famara (Lanzarote, 2012)

Me ahorro las disculpas. No por no deberlas, sino porque serían eternas y repetitivas. Demasiados posts en La Nomadista con perdones y excusas varias por ser incapaz, así tal cual, de escribir ni una sola línea durante meses. Por abandonar un proyecto que ya no es como lo había diseñado en mi mente hace más de dos años, pero que aun así sigue siendo parte de mí. Necesito reubicarlo. También rediseñarlo. Lo mismo que me pasa con mi vida. Y en eso estoy desde hace meses. Pocas cosas son a estas alturas como las había imaginado y, aunque eso no significa nada malo -han sucedido cosas increíblemente bonitas e interesantes-, supongo que soy lenta a la hora de asumirlo y reorganizar mis estructuras mentales. Personales y profesionales.

Volver a escribir en La Nomadista es todo un reto emocionante para mí. Me pone a prueba y me obliga a volver a comprometerme con una parte de mí que he ido abandonando poco a poco. Primero, de manera inconsciente. Sin darme cuenta. Después, por voluntad propia vencida por la decepción de la que os hablaba en el último post publicado, por los miedos y por mil y una emociones con las que no he sabido lidiar del todo. Vamos, que estamos a punto de estrenar el séptimo mes de este 2017 y ando todavía aplicando más mal que bien las lecciones que creía aprendidas y no solo memorizadas.

Este post responde a varias de esas lecciones. Especialmente a las de no dejar de hacer lo que a una más le gusta. También a la de perderse. Escribir siempre me ha definido. Es mi manera de expresar muchas cosas y hace demasiado que no lo disfruto. Deberíais ver la sonrisa con la que junto estas cuatro letras. Sé que seguramente no será el mejor post, pero se trata de desbloquear la maquinaria y qué mejor excusa que el verano y sus viajes.

VERANO ATÍPICO

Por primera vez en muchos años no tengo un gran viaje ni en el horizonte ni en la mente. Es una sensación extraña, sobretodo al ver que muchos amigos te piden consejo, lugares y rutas para viajes como Myanmar, Indonesia o Malasia. Genera cierta envidia y también inquietud. La mente se reactiva pensando en posibles viajes y la sorpresa llega cuando te encuentras sin saber a dónde ir. ¿México? ¿Filipinas? ¿Perú? ¿Indonesia? Tendría problemas si me dieran tan solo 5 minutos para decidir. También con la duración del viaje.

Frustración. La siento ante esta situación. Ante no tener los recursos de antaño para viajar despreocupadamente, pero también por no saber a dónde ir y, sobretodo, por dudar sobre el tiempo de viaje. De marchar sin billete de vuelta durante meses a plantearme si podría a día de hoy alejarme más de tres semanas cuando hace años que mis viajes no duran tan poco. Me siento extraña contradiciendo mis propias creencias. Un conflicto que resulta difícil de combatir y que siento que me aleja un poco de la mentalidad nomadista… o no. Tal vez simplemente se trate de una situación nueva para mí. Tal vez mis necesidades ahora sean diferentes. Tal vez no me apetezca perderme tanto tiempo porque hay con quién me gustaría hacerlo. Reflexión esta última para la que habrá post. O tal vez se trate simplemente de inseguridad.

O todo junto, así bien mezcladito. Un cóctel explosivo que hace que este verano se plantee atípico. Mi viaje deberá esperar unos meses. Tengo claro que lo habrá, pero me veo incapaz en estos momentos de decidir y organizarlo. De todos modos, siempre he sido más de hacerlos fuera de los meses habituales. Menos gente y más económicos. Aun así, no será un verano sin movimiento. Hace unas horas se ha confirmado una expedición de tres días a Toulouse para de aquí a unas semanas. Oporto será otro destino cercano, otra escapada nomadista, para septiembre. Fuerteventura y Creta son dos ideas más a la espera de improvisar algunos días de verano inolvidables. Sé que los habrá. Quiero que los haya. Punto.

La Nomadista se quedará, por tanto, cerca durante estos meses. No es el momento de grandes destinos y si de la compañía. La de una misma y la de las personas con las que quiero acumular recuerdos y experiencias. Un verano a sorbos pequeños que, por supuesto, quedará plasmado aquí como parte de una ‘terapia’ necesaria para que la mochila pese poco cuando llegue el momento de volvérsela a colgar y salir a la aventura. Dos, tres o seis semanas, eso será lo de menos.

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