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Descubriendo Narbona y Les Grands Buffets

28 noviembre, 2017
laformage

Hace tiempo que buscaba sin éxito un rato para pasarme por aquí y escribir. No hay manera. Me sigue costando una barbaridad encontrar la tranquilidad necesaria para sentarme, darle al pausa y simplemente escribir de lo que más me gusta, que sigue siendo viajar y contaros como ser Nomadista. Supongo que, como ya os he contado en alguna ocasión, porque ando rebuscando esa esencia entre tanta falta de rutina que gobierna mis días. Soy una experta, matrícula de honor en el master del desorden vital.

De hecho, creo que el siguiente post irá de eso, de cómo lidiar con un cambio de vida que se queda en tierra de nadie y debe reinventarse. Pero no hoy. Hoy os escribo sobre una escapada que tenía pendiente desde hace semanas. Una escapada francesa de esas que ahora mismo apetecen. Un sube y baja rápido, cómodo y que permite desconectar unas horas y que es apta para todos los bolsillos. Cosa que, en las fechas en las que estamos, siempre viene bien. Con la Navidad a la vuelta de la esquina y la futura cuesta de enero amenazante esta propuesta os encajará a la perfección. Os hablo de Narbona y Les Grands Buffets.

Tal vez encaje algo menos en ese intento por comer algo menos que muchas nos planteamos -yo, sin éxito- en previsión de las grandes comilonas que se avecinan… o sí. De perdidos al río. Entre nosotras, sería una tontería guardarse en un lugar que podría considerarse no solo el paraíso de los buffets, sino también de la buena gastronomía. Sí, lo sé. Son dos conceptos que suelen ser incompatibles, pero eso es porque nos dejamos llevar por nuestros prejuicios y recuerdos de infancia. ¿Quién no ha ido nunca de vacaciones en familia y se ha atiborrado de patatas fritas reblandecidas y salchichas insípidas en un buffet de esos de todo incluido? Nada que ver con la propuesta de Les Grands Buffets. Solo lo de atiborrarse es válido para un restaurante que rompe con todos los esquemas.

Como os contaba, hace semanas que tenía pendiente explicaros (y recomendaros) una escapada que realicé a finales de septiembre de la mano Renfe-SNCF,la red francesa de trenes de alta velocidad. Sí, repetí con ellos tras la gran experiencia vivida en Toulouse. Una invitación de esas que me ilusionan porque ves que poco a poco vas acercándote a lo que tenías en mente que, que conste, no era viajar gratis, sino dedicarme profesionalmente al periodismo de viajes y seguir descubriendo rincones. Hecha la aclaración, decir que con ellos resulta imposible no lanzarse a descubrir el sur de Francia. A Narbona se llega en tan solo dos horitas desde la estación de Sants de Barcelona. ¡Un lujo! Tiempo justo para dar una cabezacita, charlar o leer ese libro para el que nunca tienes tiempo. En mi caso, fue lo segundo ya que me vi rodeada de mujeres muy interesantes, viajeras todas ellas y entre una cosa y otra llegamos a Narbona dispuestas a quedarnos con una muy buena primera impresión de la ciudad antes de irnos de comilona.

Foto: Turismo de Narbona

Foto: Turismo de Narbona

Faltó tiempo para pasear por Narbona, pero fue bastante para declararme fan incondicional de las pequeñas ciudades medievales del sur de Francia. De sus callejuelas estrechas, de sus viejas persianas de colores -me vuelven loca-, de sus farolas y de las ruinas que forman parte de su historia. En este caso, las romanas. Desconocía por completo que Narbona tenía un pasado tan interesante. Darse una vuelta por el Horreum, unas galerías subterráneas de la época romana únicas en Europa, o visitar la catedral gótica de Saint Just et Saint Pasteur, con una bóveda de 41 metros de altura, merece mucho la pena. También pasear sin prisa junto al Canal de la Robine y sentirse una artista haciendo fotografías de cualquier pequeño detalle. El buen gusto francés está muy presente en una ciudad con más de 2.000 años de historia.

Aprovechamos al máximo el tiempo que tuvimos antes de dirigirnos a Les Grands Buffets. Un restaurante que, reconozco, superó todas mis expectativas. Si no fuese así, no os lo contaría o se notaría, creedme, que no soy sincera. Para mi sorpresa, no comí hasta reventar como me esperaba, pero lo disfruté. No, eso sí, sin un pequeño agobio inicial. Sus salones son abrumadores. ¡Amantes del queso, este es vuestro lugar en el mundo! En el momento de la visita, Les Grands Buffets presumían de ser el buffet de quesos más grande de Europa con más de 40 variedades. A estas alturas, como nos contaron sus responsables, deben tener ya el mayor buffet del mundo puesto que quería ofrecer cerca de un centenar de ellos. ¿Os lo imagináis? ¡100! Consejo, aunque lo intentéis, es imposible probarlos todos. Descartad esa idea y elegid los 3-4 que más os llamen la atención o los más raros, cualquier criterio es válido. Oh là là.

Foto: Les Grands Buffets

Foto: Les Grands Buffets

¡Amantes del marisco, sí, este también será vuestro paraíso! Ostras deliciosas de la región, bueyes de mar, langostas hechas al momento y al gusto de cada uno… lo dicho, contención. Resulta imposible probarlo todo ya que además hay foie, guisos tradicionales y platos de toda la vida del país vecino -caracoles, magret, cassoulet…- y una cocina abierta para elegir productos que os cocinarán al momento como solomillos, entrecots o las mencionadas langostas. Mi recomendación, darse una o dos vueltas antes de empezar a acumular manjares en los platos. Solo así os será posible evitar el colapso mental.

Un buen vinito -la carta es interminable, como todo lo demás- y espacio para los postres. Yo, que no soy muy golosa, acabé con 5 pasteles en el plato. Cinco de 3.500 posibilidades. En realidad, un centenar. Otro paraíso. Todo hecho el mismo día y de manera artesanal. Lo pude comprobar al tener acceso directo a la cocina en la que seis maestros pasteleros estaban dale que te pego con la manga pastelera, la espátula y el azúcar. Solo los mejores trabajan en un restaurante que se dio a conocer en España a través de Masterchef y que acoge a cientos de personas todos los días. Sin agobios, sin colas ni bandejas vacías. Si hace buen día, aprovechad el jardín. Un lugar realmente especial para disfrutar todavía más de una comilona de esas que merece la pena compartir con amigos o familia. ¿El precio? 33 euros (sin bebida). Asequible, como los billetes de tren. También se puede llegar rápidamente en coche desde España, pero si el plan es ir y volver en el mismo día ya os digo que agradeceréis y mucho poder subir a un tren y olvidaros de todo hasta llegar a Barcelona. Aunque, visto lo visto, si podéis, haced noche. Tengo la sensación de que Narbona esconde grandes secretos.

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