Destinos

Darwin y Cairns, las ciudades fantasmas de Australia

29 junio, 2015
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No conozco todavía Sydney y Melbourne, a la que tengo que volver antes de regresar a Barcelona, me pareció una ciudad al estilo de Nueva York con grandes avenidas y edificios que transmiten modernidad. Tal vez sea por eso de ser ambas relativamente nuevas y no tener la historia de las grandes ciudades europeas, mucho más accesibles al hombre.

Su aspecto, sin embargo, contrasta de manera muy evidente con las ciudades no tan grandes que he visitado hasta el momento. Entre Melbourne y Darwin o Cairns dista todo un mundo… o dos. Y si una parece inabarcable, las otras todo lo contrario. Se te acaban en un instante. Te saben a poco, sobre todo porque en todo momento tienes la sensación de estar en ciudades gancho pensadas para los turistas.

Las agencias de viajes que anuncian a bombo y platillo los mejores tours de la ciudad y de la región; los hostels para mochileros concentrados en una o dos calles dependiendo de las dimensiones de la urbe; las zonas de wifi gratis llenas de mochileros y locales de comida rápida y barata. Todo ello adornado con letreros de vistosos colores y bares que ofrecen las jarras más baratas que la competencia de al lado para ganarse a los clientes. No faltan los centros comerciales con el famoso supermercado Coles, el más barato si hay que hacer la compra, y algunas tiendas de ropa. Poco más.

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Un ‘waterfront’ o paseo marítimo apañado con cesped, arena de playa y una zona apta para el baño. En Darwin, de agua salada y ganada al mar a través de unas enormes redes que evitan que se cuelen hasta la orilla las temibles medusas asesinas –el animal más mortífero del planeta– ; en Cairns, una piscina a escasos metros de un mar que se retira con la marea baja. Si tuviera que quedarme con una, cosa que debería ser bajo grave amenaza, sería con Darwin. Su museo de arte aborigen merece mucho la pena, aunque yo eliminaría la parte dedicada a la naturaleza. No es necesario disecar todos esos animales que más vale no encontrarse en tu camino. Mal cuerpo absoluto.

Su mercadillo en Mindil Beach –el jueves, como los de toda la vida o, por lo menos, en El Prat– le da un toque bohemio que no voy a negar que me gustó. Puestos de artesania y objetos varios, videntes a las que estuve tentada de preguntarles por mi porvenir, masajes tailandeses y paradas de comida asiática en su mayoría acompañan a los visitantes mientras cae el sol en una de las mejores puestas de sol del país. O eso aseguran los locales. Aunque tengo que reconocer que lo que más me gusta de Darwin, además de los irremediables recuerdos de infancia –estuve a punto de decirle a un par de personas que yo estudié en el Charles Darwin–, es el hecho de que el susodicho nunca estuviera en esa ciudad.

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Sí, como leéis. Darwin visitó el norte de Australia y algunas islas cercanas, pero nunca puso un pie en la zona que ahora le honra con su nombre. No sé a vosotros, pero yo encuentro que tiene su gracia. Dicho esto, su humedad es horrible y nunca viviría en ella. Aunque mucho menos en Cairns, que todavía tiene menos. Es cierto que no me dio tiempo a investigar más allá de las calles principales, pero salvo los jardines botánicos, que no visité, no había nada más allá de cuatro o cinco calles grises, destartaladas, con cafeterias y bares y una elevada concentració de hostels a cual más hortera en su fachada. Lo mejor, de nuevo, su frente marino con barbacoas de uso público y wifi. No había persona que no estuviera tomando el sol con su iphone, ipad o portatil encendido.

El calor fue algo más soportable, hasta cayeron unas cuantas gotas. Pero poco más. De hecho, de momento, el ambiente y el aspecto de estas ciudades intermedias me está decepcionando bastante. La naturaleza australiana me enamora, pero lo que son sus concentraciones humanas, por ahora, no. Me falta mucho por ver, pero ni Darwin ni Cairns pasarían con nota. Aunque, pensándolo bien, también es comprensible. No la falta de gusto –eso también lo han heredado de sus amigos ingleses–, sino la sensación de abandono o de soledad de esas ciudades. En Australia viven solo unos 22 millones de personas en un territorio similar al de toda Europa. ¿Y cuántos somos en el Viejo Continente? Más de 700 millones. Ahí está la respuesta.

Si alguna vez, por esas casualidades de la vida que tanto te pueden llevar a Valencia como a Australia, acabáis por las Antípodas y pasáis por Darwin y, sobre todo, Cairns no esperéis mucho. Evitad a toda costa el Corona Hostel en esta segunda ciudad –más adelante os informaré– y simplemente tomaros vuestra estancia ahí como un campamento base y centro de operaciones. En Darwin, para visitar los territorios del norte y los parques nacionales; en Cairns, para la Barrera de Coral aunque, personalmente y viendo la masificación de esa ciudad, no me la jugaría como única carta a la hora de hacer snorkel y bucear. Tanto que yo pasé olímpicamente y, aquí estoy, en Mission Beach y esperando a las WhitSundays para ver pececitos de colores, tortugas y coral. Pero esa será la próxima parada.

(Texto originalmente publicado el 23 de octubre de 2013 en www.lauretaenruta.wordpress.com)

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