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Cosas que aprendí en mi viaje a Nicaragua

1 septiembre, 2016
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En las próximas semanas os iré descubriendo Nicaragua tras casi un mes recorriendo sus ciudades y sus extensas zonas naturales. Pero hoy, 1 de septiembre, quiero empezar esta nueva y definitiva etapa de La Nomadista -habrá cambios y novedades- hablando de los aspectos menos ‘viajeros’ de un viaje impulsado por una gran necesidad de escapar y poner tierra de por medio con todo y todos.

Sí. Es un post de esos que de vez en cuando no puedo evitar escribir. Un post personal y lleno de sensaciones y reflexiones que, sin embargo, creo que puede ser útil para alguna de vosotras. ¿Me acompañáis? Allá voy. Desde mi primer gran viaje a Tailandia en 2010 no había vuelto a ‘huir de viaje’ hasta este verano en el que no se me ocurrió mejor manera de superar o, por lo menos, ignorar una situación complicada que perdiéndome en un país que hacía tiempo que estaba en mi lista de destinos pendientes. Ahora, con la perspectiva del viaje terminado, sé que no fue un error aunque durante los días de viaje llegué a pensar que sí. El único error, si se puede considerar así, es el haber quemado un destino que realmente me hacía mucha ilusión con unas expectativas que no se correspondían con las que podía devolverme Nicaragua.

En 2010, cuando me apunté a última hora al viaje de mi amiga Marta por Tailandia, no esperaba nada de ese país. Solo quería no quedarme sin vacaciones tras haber terminado una relación a las puertas del verano. Necesitaba no quedarme todo el mes de agosto en Barcelona y estaba contenta con eso. Mi nivel de expectativas era tan bajo que Tailandia, la semana en una ONG y la improvisación mochilera me enamoraron. Sin más. Allí empezó todo e, ilusa de mí, confiaba que Nicaragua fuese una nueva Tailandia. Y no ha sido así. Seré sincera: Nicaragua no me ha gustado. ¿Y cómo es que entonces os voy a escribir alegremente sobre viajar por Nicaragua? Fácil, que a mí no me haya enamorado el país no significa que no os pueda enamorar a vosotras. Así que no cunda el pánico si alguna tenía en mente viajar hacia allí. Nicaragua tiene cosas buenas y malas como todos los países y también algunas otras extraordinarias. ¡ATENCIÓN SPOILER! La palabra paraíso volverá a resonar en La Nomadista cuando os hable de Little Corn Island. Pero eso será más adelante.

Lo que quería contaros hoy es que Nicaragua no ha sido Tailandia. No ha sido un viaje fácil y, por primera vez en todos estos años, hubo momentos en los que llegué a desear volver a casa antes de tiempo. Probablemente, el peor pensamiento posible para una viajera. Y ese ‘tocar fondo’ fue, precisamente, lo que permitió que al final el viaje sí sirviera para todo eso que esperaba que sirviese cuando compré el billete. No es que el viaje y el país fuesen un infierno. No. Me he reído y disfrutado de cosas increíbles, solo que no estaba cómoda con algunas cosas del país, pero sobretodo conmigo y mis circunstancias. Es uno de los riesgos de huir en vez de viajar. Todo requiere mucho más tiempo.

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Me presenté en Nicaragua -país por el que me había imaginado viajando de otra manera- con una buena dosis de tristeza, algún que otro miedo y con la brújula rota. Confiaba en que con hacer lo que más me gusta fuese suficiente. Las expectativas, malditas ellas. Primer error, pero también primera lección. Este viaje me ha demostrado lo nocivas que pueden llegar a ser. No voy a defender aquí y ahora la ausencia de ellas, pero si a relativizarlas. Especialmente si no dependen de una misma. Me parece terrible una vida sin esperar nada de nadie ni de nada, pero también lo es esperar demasiado. En mi caso, esperaba que Nicaragua, por el simple hecho de ser Nicaragua, se llevara todo lo que yo seguía sin ser capaz de dejar a un lado. Y no, las cosas no funcionan así. O no de inicio. Otra lección aprendida o recuperada en este viaje: las cosas son como son y tienen su propio ritmo y, aquí añado, cuanto antes se asuma, mucho mejor.

Cada vez estamos menos preparados para pasarlo mal o estar tristes. Parece que todo tiene que ser genial, estupendo y brillante y no sabemos lidiar con esos momentos que nunca aparecen en las redes sociales. Te vas de viaje y no lo disfrutas, sacrilegio. Y no, no es ni sacrilegio ni nada parecido. No lo disfrutas por los motivos que sean y no pasa nada. Si estás triste o regular lo estarás en tu día a día y también en un viaje porque viajar, al fin y al cabo, no es más que una vida concentrada en el tiempo. Tu vida, para ser exactas.

Me llevó una semana asumir que Nicaragua no iba a ser la Nicaragua que mi mente había imaginado, dediqué unos días más a desenfadarme y otra semana a aceptarlo antes de sentir como llegaba el relax y el empezar a disfrutar, sin más, de lo que había. No estaba encontrando lo que buscaba, cierto, pero era lo que tenía y tenía dos opciones. No hace falta que las escriba. Así que entre una cosa y otra necesité dos semanas y media para reaccionar o simplemente para centrarme en el día a día del viaje. Un tiempo que puede que no sea excesivo peaje cuando viajas sin billete de vuelta, pero que cuando viajas 26 días  te deja poco margen de maniobra. Exactamente, una semana para disfrutar realmente sin prejuicios ni lamentos.

Hace tiempo que empecé a aceptar que lo mío son más los 3.000 metros obstáculos que los 100 metros. No nací para ser una Usain Bolt y eso es así. Eso sí, cuando me pongo, me pongo… ¡qué última semana! En otro momento de mi vida habría optado por lamentar mi torpeza y mil cosas más -una vez se abre la veda de los lamentos es fácil enredarse en ellos-, pero no. ¿Podría haber disfrutado mucho antes? Sinceramente, no lo creo. Como os decía, todo tiene su ritmo y seguramente tenía que pasar esas dos semanas de ‘mierda’ -perdón- o difíciles para poder disfrutar de unos últimos días increíbles que me reconciliaron con todo cuando ya no esperaba que eso sucediese… Y sucedió.

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Encontré mi lugar, me crucé con gente increíblemente interesante y volví a recuperar viejas sensaciones que había olvidado. Y lo más importante, me hizo recordar qué quería y qué me ilusionaba. Me inspiré. Disfruté de cada una de las veces que caminé media hora bajo un sol abrasador para llegar a la mejor playa de Little Corn Island; de cada una de las cervezas y los Nicalibres -ron con cocacola- que me bebí; del quizz musical que ganamos; de las risas compartidas y las sorpresas que me regaló un viaje al que días antes había condenado al fondo de la clasificación viajera. Y sigue ahí, pero eso no quita para que algunos de esos días sí hayan entrado en el top ten de mis experiencias viajeras. Me quedo con eso. Siempre hay algo con lo que poder quedarse. Tercera lección.

Nicaragua me ha enseñado a no perder de vista que siempre hay que ser paciente por más ansias que tengamos y a rebajar las ensoñaciones y expectativas que no dependen de una misma, pero sobretodo me ha hecho entender, de verdad, que es cuando dejamos de anticipar, magnificar y esperar cuando suceden las cosas realmente importantes, las que nos ponen la piel de gallina, nos emocionan y nos hacen sonreír. Esas siempre llegan sin cita previa. Y está bien que así sea porque, de esa manera, siempre nos pillan desprevenidas y con la capacidad intacta de disfrutarlas.

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