Estilo nómada

Amigos de viaje

8 enero, 2018
Terrazas de arroz en Ubud

En mis auriculares suena la voz de Joan Colomo Apenas le había prestado atención hasta que hace no demasiado me lo descubrieron. Me gustan sus letras y hoy me apetece escucharlo mientras escribo este post inspirado en una conversación con la persona que me enseñó a escucharlo con otros ojos. ¿Es eso posible? ¿Escuchar con otros ojos?

Se avecina post de esos algo intensos. Lo siento. Llevo semanas en un estado permanente de intensidad emocional, reajustes y sonrisas desubicadas. Sonrisas de felicidad calmada que a veces se tornan tristes y viceversa. También entran aquí sentimientos como la añoranza a personas, pero también a momentos, situaciones y experiencias vividas. Hoy son estas experiencias las protagonistas de mis sonrisas desubicadas. Y es que hoy J., desde su refugio entre palmeras caribeñas, me ha hecho recordar la sensación de libertad y autenticidad de los viajes en solitario. Del placer de cruzarse con gente que, sin conocerte, quiere compartir unas horas o días contigo. De esa conexión tan difícil de explicar y volátil, pero honesta que se produce cuando viajas sola y ligera. Conexiones y personas que no hacen preguntas, que no necesitan saber quién y qué eres porque se quedan con lo que ven, sin más. Tú también y, por momentos, esas personas te parecen tus mejores amigos porque te ‘quieren’ tal como eres. Algo que a veces no sucede en nuestro día a día. Los roles, las expectativas, necesidades, corazas y otras cosas marcan nuestras relaciones… ¡con lo fácil que es todo en realidad, mucho más de lo que nos parece!

Creo que esa sensación de ser una misma con una misma y con la gente que se cruza en tu viaje es lo mejor, sin duda, de viajar sola. Mucho más que los rincones increíbles que visitas o a los que llegas por azar. Hay lugares impresionantes y en los que dejas una parte de ti al visitarlos y vivirlos, pero mientras mantenía esa conversación iba repasando los momentos más top de todos mis viajes y me atrevería a decir que en el 85% de ellos tuvo mucho que ver la gente que había en ellos. Me contaba, precisamente, esa misma sensación. La estaba viviendo intensamente y yo con él. La suya por entenderla, pero también la mía propia pese a que me parezca muy lejana. Lo primero que he hecho al despedirme y desearle una buena noche -la diferencia horaria te hace darte cuenta de la relatividad de todo- ha sido enviarle un whatsapp a Marloes, la amiga holandesa con la que compartí una semana increíble en Little Corn Island.

ticosLo último que sabía de ella, hace meses, era que estaba en Australia acabando un máster. No tengo ni idea de si sigue por allí o ha vuelto a casa o está en cualquier otro lugar. Es evidente que no es mi amiga o no una amiga al uso, pero para mí siempre será una amiga porque durante aquellos días de reencuentro y vivencias lo fue. Compartimos risas, noches eternas, resacas en hamacas de playas espectaculares, amores de verano, penas del corazón… También me he venido a la memoria Manu, mi amigo suizo. Hace unas semanas me hizo tremendamente feliz un mensaje suyo. Se interesaba por la situación de Catalunya y por mi vida. Quería saber después de bastante tiempo sin contacto y me hizo sonreír. Manu fue mi ángel de la guarda en Costa Rica tras el accidente. De hecho, iba con él en bicicleta cuando el coche me arrolló y me cuidó como se cuida a alguien que te importa. Durante unos días no se separó de mí y eso que hacía poco más de 24 horas que nos conocíamos cuando todo sucedió. Luego nos visitamos en Zúrich y Barcelona e incluso, al cabo del año, vino a hacerme una visita cuando andaba por Malasia. Es curioso cuando sabes que, aunque no vuelvas a verlas nunca más, hay personas que están ahí.

kakadu
Pequeños momentos que valen su peso en oro pese a su poca transcendencia en el día a día. Pero me hacen sonreír y ser feliz. Me reconcilian con muchas cosas y me recuerdan mucho. Lo vivido, lo sentido y también quién era y soy. Las capas, corazas y miedos que muchas veces camuflan nuestra auténtica esencia o parte de ella. Esa que compartimos con muy pocas personas y que regalamos a auténticos desconocidos cuando se viaja sola o solo… o a desconocidos que se cruzan en tu vida para convertirse en imprescindibles. ¿No somos todos desconocidos al conocernos? La conversación de esta mañana me ha hecho recordar a todos esos amigos de viaje, pero sobretodo me ha hecho recordar todo lo vivido durante años y recordar el valor de esa experiencia ahora que ando buscando no sé muy bien el qué. ¿Mi propósito vital? Tal vez. Creo que esas emociones y sensaciones tienen forman parte de él de alguna manera. De mi propósito vital. También escribir.Hace unos meses, sin ir más lejos, compartí un desayuno en una de mis cafeterías preferidas con Michelle, mi amiga canadiense. Sí, no es mi amiga, lo sé, pero ya os he dicho que me gusta llamarlos así: mis amigos de viaje. Con ella compartí excursión por el Kakadu National Park en Australia. Corría octubre de 2013. Fueron 4 días intensos, unos cuantos más encuentros durante nuestro recorrido en autobús por la coste este australiana -ella siempre llegaba el día antes de que yo me fuese a otra ciudad- y una noche inolvidable en Sydney. Eso fue todo y hace ya cuatro años. Algunos likes, mensajes y poco más. Pero el pasado junio pasaba por Barcelona y fue un encuentro especial, como si no hubiese pasado el tiempo entre aquellos días de 2013 y ese rato en el Cosmo. Por cierto, de los mejores Lattes de Barcelona. La complicidad, las risas… todo fue igual. Pienso también en el tapeo con Evan en Barcelona. Nos conocimos en Vietnam en mi última noche con Alba en el país. Reímos y bailamos mucho, aunque él estaba más centrado en mi amiga – y yo en su amigo, todo sea dicho- y voilà, al cabo de unos años le hice de guía turística. El otro día encontré la postal que me envió desde Japón en agradecimiento.

Reconozco que parte de las sonrisas de la conversación tenían un toque de envidia sana. De querer ser él y volver a vivir esas sensaciones. También de esa felicidad que sientes por la felicidad de los que te importan y quieres bien. Y cierta inquietud egoísta por miedo a que le coja el gusto a esto de viajar solo por el mundo. Es adictivo. Entonces, me he obligado a pensar que hay tiempo para todo, que querer viajar sola o solo no elimina el querer viajar en compañía. De hecho, seguramente te hace apreciar mucho mejor con quién compartir viajes y aventuras. Como en la vida, no todo vale. Pero si algo vale es, sin duda, viajar ni que sea una vez en la vida sola por el mundo, dejar ir máscaras y sentir. Sentir que eres, sentir el lugar y sentir las personas que se cruzan en tu vida. Os aseguro que después todo tiene un valor diferente. Se pagan peajes. A veces. Pero merece la pena. Sigo pensando que es la mejor decisión que he tomado en mi vida. No sería quién soy sin aquel primer viaje a Bali, sin ese vértigo al subirme sola en un avión con destino hacia lo desconocido. Sola, asustada, pero feliz. Y esto era básicamente lo que os quería explicar y transmitir con este post. No sé si lo he conseguido, pero esa era mi intención.

¡Viajad solas y sed, lo que os de la gana, pero sed sin miedo ni máscaras! Si no lo he conseguido, aceptaré quejas y reclamaciones por el tiempo invertido… también sí lo he conseguido. Ya sabéis, para cualquier cosa: comentarios, mensajes o emails. Estaré encantada de hablar con vosotros y convenceros de que lo probéis.

PD: Esta es la canción que sonaba cuando he empezado a escribir este post. ¡Espero que os guste!

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